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Un libro y un violín (texto propio)

El chico se sentó al lado de la chica de pelo negro, sin reparar siquiera en que estaba leyendo un libro suyo. Miró a través del cristal del Metro que arrancaba para llevarle a la estación que no quería recordar. Miraba, pero no veía. Se le saltó una lágrima, no hizo ademán de limpiarla, quería sentir que estaba vivo.

La chica, al lado, estaba leyendo un libro del chico que lloraba sin pretenderlo. Se había percatado de su olor, le recordaba al de aquel compañero de piso con el que nunca cruzó miradas sinceras, aquel que le pidió una noche que le hiciera compañía junto a la ventana de su habitación. Estaba esperándola en la estación que ella deseaba olvidar, no quería verle, pero tenía que hacerlo, por última vez, iba a dejárselo claro: “no quiero volver a olerte”, “no quiero estar a tu lado cuando mires por la ventana”. Eso le diría, mientras el chico que había escrito el libro que ahora leía buscaba con la mirada a su alrededor. No estaba. No estaba. Lo sabía. Sabía que tenía que haber ido antes, la violinista se había marchado, con el sonido de su instrumento pegado aún al borde de los dedos. Primero se bajó ella, allí estaba el que nunca la había mirado a los ojos con la ternura que necesitaba. Se lo dijo todo, deprisa, sin atropellar las palabras, mirándole a la cara, gritándole con las manos. Se dio la vuelta y cogiendo la bolsa que antes dejó en el suelo, anduvo hasta la siguiente parada. En un banco, con la cabeza entre las manos y los codos apoyados en las rodillas estaba el autor de su libro, sintiendo que había perdido a la mujer de su música, a la mujer de su vida. Ella se colocó al lado, guardó el libro, abrió la bolsa y sacó el violín. Cuando él escuchó las primeras notas, levantó la cara y entonces supo que ése era el primer día del resto de su vida. Se acercó y la miró sinceramente, con lágrimas en los ojos. Ella no comprendió, pero quiso continuar con aquella mirada, quiso olerle. No, no podía ser, olía como aquel chico que en la anterior parada se había sentado a su lado, aquel que había llorado sin querer, le había oído, pero ni siquera le había mirado, sin embargo, estaba segura de que no le pediría que le acompañara cuando estuviera mirando por la ventana de su habitación, como el otro, el anterior, el de hacía un rato, el que olía igual pero no lloraba.

Eran ELUNO PARALAOTRA, eran TAL PARACUAL, eran el ÉL y la ELLA de cualquier historia, de cualquier época, de cualquier lugar. Eran un TÚ y YO de cualquier momento.