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¿Tú qué eres: zanahoria, huevo o café?

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(Imagen sacada de www.taringa.net)

Una niña estaba muy preocupada porque las cosas nunca le salían como ella deseaba y, cuando parecía que había solucionado un problema, surgía otro y otro y otro. El padre, que era cocinero, se la llevó al restaurante donde trabajaba y, mientras ella le contaba lo mal que le iba todo, llenó tres ollas con agua y las puso a hervir.

En una de ellas, colocó zanahorias, en otra, huevos y en la tercera, granos de café. Mientras la niña lo miraba con cara de extrañeza porque no entendía nada, el chef sacó el contenido de sus ollas y lo dispuso en tres recipientes distintos. De inmediato, la pequeña, muerta de curiosidad, preguntó a su padre: “¿Qué significa esto?”. A lo que el padre respondió: “La zanahoria era fuerte, pero al salir del agua hirviendo se ha vuelto blanda, débil. El huevo ha pasado de ser frágil y quebradizo a duro. Los granos de café han logrado incluso cambiar el gusto del agua. Y bien, hija, ¿cuál de estas tres cosas crees que eres tú?”.

Y, al ver que ella no sabía que responder, le dio la clave: “¿Eres una zanahoria que, aunque pareces dura, pierdes la entereza ante el dolor o la adversidad? ¿Eres, más bien, como el huevo, que posees un corazón fluido pero te podrías endurecer tras una muerte, una separación o un despido? ¿ O eres como un grano de café, capaz de hacer que las cosas mejoren cuando el agua hierve, o sea, cuando todo nos va mal?”.

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(Imagen sacada de www.sobrecuriosidades.com)

Tener miedo. Gritar desesperada, pero para dentro. Sentir el peso de la existencia, de tooodas sus dudas y sus certezas. Pensar y caer, cada vez, más hondo y sentirse pesada, pensar y subir, a la vez, por encima de sí misma, manteniendo el cuerpo inmóvil, sujeto, rígido, asustado. Tener el alma encogida, serena, sentida, volando con el pensamiento, ligera y transparente, capaz de traspasar todos y cada uno de los pensamientos del día y… de los futuros sueños, que vienen a su encuentro, que se detienen en la puerta del sentimiento, del anhelo de la vida que queda y la que se fue y ya no espera.

Tenerlo tan claro que te haga dudar. Pensarlo tan lejos que lo sientas cerca ya.

Esto no para, un pensamiento que resbala, se camufla, parece que se esfuma, pero permanece, se ha mimetizado, se ha hecho transparente, pueden atravesar otros pensamientos por él, pero no logras expulsarlo de ahí, se ha hecho señor del territorio mental de tu cuerpo, de tu vida, cada vez más fuerte, menos pegajoso, pero más viejo.

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LA LEYENDA DE LOS PALILLOS

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(Imagen obtenida de www.progressplanet.com)

Un hombre muy sabio aceptó el regalo de un mago que le prometió que haría realidad dos de sus deseos. El primero de ellos fue visitar el infierno y, nada más llegar allí, vio una multitud famélica sentada a una mesa repleta de todo tipo de apetitosos manjares. Pese a la buena apariencia y abundancia de platos, los comensales hacían cara de hambrientos y sus rostros estaban demacrados. Para comer tenían que servirse de unos larguísimos palillos y, por más que estiraban el brazo, jamás conseguían llevarse ni una migaja a la boca.

Perplejo, pero satisfecho de haber podido conocer mejor cómo era el infierno, el sabio se dispuso a cumplir su segundo deseo. La otra cara de la moneda era subir al cielo para comprobar con sus propios ojos todas las bondades que había leído y oído sobre él.

Muy asombrado, vio que allí también había mesas preparadas con deliciosas comidas, pero que, al contrario de los tristes habitantes del infierno, todos los seres celestiales sonreían satisfechos y rebosaban de salud. Y es que, aunque también disponían de larguísimos palillos para alimentarse, allí cada uno se preocupaba de alimentar al que tenía enfrente.